Cuando tienes sed y bebes, ¿cómo sabe tu cerebro que ya fue suficiente?

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Cuando piensas que tienes sed, el proceso parece bastante sencillo: encuentras agua, la bebes y sigues con tu vida. Sin embargo, sucede algo realmente profundo mientras tomas ese trago largo y refrescante después de correr o durante un día caluroso.

Cuando te deshidratas hay menos agua en tu sangre y las neuronas en tu cerebro mandan el mensaje de que es necesario buscar agua.

Entonces, una vez que tomas un trago, te sientes satisfecho casi al instante. Pero aunque eso te parezca obvio, también es muy misterioso. Después de todo, no estás inyectando agua directamente a tu torrente sanguíneo. Tomará de diez a quince minutos al menos, quizá más, para que el agua en tu estómago llegue hasta la sangre. No obstante, de algún modo el cerebro sabe que ya has ingerido agua.

A veces ese proceso no es tan simple como debería: la gente con un síndrome llamado polidipsia siente sed excesiva y bebe grandes cantidades de agua. Eso puede ser peligroso porque si la sangre se diluye demasiado, la persona puede morir, como víctima de intoxicación por agua.

Mientras los neurocientíficos reflexionan sobre cómo y por qué nos da sed, un grupo de investigadores del Instituto de Tecnología de California ha despejado una pequeña parte del problema. Enfocados en la manera en que el cerebro lleva el registro de lo que el cuerpo bebe, identificaron un grupo de neuronas que recibían mensajes mientras los ratones sedientos tragaban agua. Estos mensajes que pasan por los centros del cerebro que registran la sed parecen ser los responsables de la sensación de rápida saciedad que viene después de un trago, lo que también sugiere que lo que tiene efecto en el cerebro no solo es lo que bebemos, sino cómo lo tragamos. Si los circuitos funcionan del mismo modo en las personas, quizá pueda ser la clave para entender la neurociencia de lo que pasa cuando nos da sed.

En los últimos años, los biólogos han estado mapeando las neuronas dentro de la zona del cerebro que regula la sed, dijo Yuki Oka, profesor de Caltech y autor principal del nuevo artículo publicado el 28 de febrero en Nature. Ya se había observado que las células en esta región se quedaban inmóviles después de que un animal bebía agua, pero no estaba claro por qué sucedía.

Un estudiante de posgrado del laboratorio de Oka, Vineet Augustine, hizo una serie de experimentos con ratones que habían sido genéticamente modificados para que el rastreo de las conexiones entre sus neuronas fuera más sencillo. En estos experimentos, cuando una neurona activaba a otra, se le ponía una etiqueta lo cual dejaba un camino trazado en el cerebro.

Lo que Augustine descubrió fue que ciertas neuronas en una zona llamada área preóptica del hipotálamo eran responsables de comunicarles a otras células ubicadas en el centro de la sed que se estaba ingiriendo líquido. Experimentos más extensos mostraron que los ratones sin versiones funcionales de estas neuronas bebían el doble que un ratón normal. En el caso opuesto, cuando las células se activaban de manera artificial, incluso ratones deshidratados no sentían sed.

Curiosamente, a lo que las células responden no es a la presencia del agua, dijo Augustine. Los investigadores descubrieron que dejar que el ratón tomara grandes tragos de agua incitaba a las neuronas a activarse. Sin embargo, al darle agua en forma de gel, de manera que tenía que masticarse antes de tragarse, no sucedía lo mismo. Tampoco se activaban las neuronas cuando la ingesta de agua era en pequeños sorbos de dos segundos, aun cuando los animales consumieran la misma cantidad total de agua. De hecho, darles de beber aceite a los ratones tenía el mismo efecto en las neuronas que si tomaban agua.

“Esto nos indica que es probable que las neuronas respondan a la velocidad, en específico, a la velocidad de la ingesta”, dijo Augustine.

En apariencia, una serie de tragos rápidos es una clave aceptable para beber agua desde el punto de vista evolutivo, algo que el cuerpo considera suficientemente confiable como indicador de que ya se ha consumido lo necesario.

Además de la amenaza de la intoxicación por agua, hay buenas razones para beber solo las cantidades mínimas requeridas. Cuando un animal baja la cabeza para beber, especula Oka, se pone en una posición bastante vulnerable. “Si duplicas el tiempo de la ingesta, también duplicas el riesgo de convertirte en presa”, dijo.

Los investigadores ahora esperan poder investigar otros mecanismos que el cuerpo usa para monitorear la ingesta de agua. Por ejemplo, quieren ver si hay sensores en el intestino que mantengan al cerebro al tanto de la llegada del agua. Parece probable que el cerebro reciba algún mensaje y haga los ajustes pertinentes, dijo Augustine.

Fuente: NYT.

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