Kilian Jornet: así es el superhombre que subió dos veces el Everest en seis días

Por / hace 4 mess
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Kilian Jornet odia la ciudad. En la selva urbana, entre coches y gente, se siente en un mundo extraño. Dani Brotons, el médico que examina el cuerpo del ultramaratoniano y montañero catalán, solo consigue arrastrarle al Hospital de Cerdaña, para una revisión anual. Es entonces, entre sensores y cables, cuando las pantallas muestran los números de un superhombre capaz de subir el Everest dos veces en seis días. 

Sin oxígeno artificial, cuerdas fijas ni ayuda de porteadores. Solo algunos sherpas habían repetido en la cima del mundo (8.848m) en menos de una semana. Kilian subió la primera ocasión en 26 horas desde el monasterio de Rongbuk (5.100m), más de 3,7 kilómetros de desnivel positivo salvados en un día, y bajó en 12h hasta el campo base avanzado (6.500m). Un virus estomacal le hizo ir más lento de lo que él pensaba, así que, sin hacer públicos sus planes, esperó a estar recuperado y lo volvió a intentar. 

Esta vez desde el campo base avanzado a la cumbre en 17 horas, cuatro horas y media menos en el mismo tramo que antes, y rozando el récord del italiano Hans Kammerlander en 1996: 16h 45m. El descenso fue también más rápido, 30m, que en su primer intento.

¿Qué cuerpo es capaz de algo así? Bajo esos 29 años, 1,72m y 59 kilos, el informe del doctor Brotons revela algunos datos excepciones. Como un consumo máximo de oxígeno de hasta 89 mililitros por kilo y minuto, al nivel de las grandes figuras del ciclismo, como Chris Froome y en su día Miguel Indurain, ambos con 88 -un joven de la edad de Kilian que practica deporte con regularidad está en unos 50 ml/kg/min, un parámetro que se reduce a la mitad por encima de los 5.500m de altitud-.

Junto a esta absorción de oxígeno, el combustible que mueve la locomotora, Kilian moviliza en esfuerzo máximo 200 litros de aire por minuto, y elimina mucho dióxido de carbono. La fórmula mágica la completa lo que se conoce como la capacidad tampón: la facilidad para neutralizar la acidez que genera el músculo, el lactato, el causante del dolor. Después de un alto esfuerzo, el cuerpo está pronto listo para otro. La unión de los tres factores (oxígeno, aire movilizado y recuperación) hace del cuerpo de Jornet una máquina. “Pero hay algo que lleva todo esto a la enésima potencia”, explica el doctor Brotons, “su mente. Tiene un poder mental brutal porque disfruta de lo que hace, no tiene la sensación de sufrir. Cuando se une todo eso… Kilian puede hacer lo que quiera”. Brotons ha sido médico de los equipos olímpicos españoles de deportes de invierno. “He visto a gente muy buena, grandes esquiadores de fondo”, explica. “Kilian marca la diferencia con su nivel mental. No sé dónde está su límite”.

La genética y el entorno en el que se crio moldearon al pequeño. Eduard y Núria, un guarda de refugio y una profesora de deportes de montaña, pusieron a su hijo unos esquíes casi antes de que empezara a andar. La familia vivía en el refugio de Cap de Rec, en los Pirineos ilerdenses, a casi 2.000 metros de altitud y al lado de una estación de esquí de fondo. Kilian subió su primer tresmil con tres años, a los siete hizo cima en un cuatromil, a los 10 completó la travesía de los Pirineos… Criado en altura, su cuerpo se habituó desde la cuna a los continuos cambios de altitud cada vez que la familia bajaba desde el refugio o subía más en sus continuas excursiones. El esquí y las carreras de montaña fueron tan comunes para él como el andar. Sus articulaciones se fortalecieron saltando de roca en roca como una cabra. El álbum familiar está lleno de estampas sobre la piedra y la nieve. “Nuestra infancia era estar el día fuera, en el bosque y en las pistas”, recuerda su hermana Naila, dos años menor, hoy fisioterapeuta. “Y Kilian era un bruto, todo el día corriendo. Montábamos cabañas en los árboles, corríamos descalzos por la nieve, nos bañábamos en el río en invierno…”.

El niño se convirtió en el mejor ultramaratoniano del mundo. Kilian ganó tres veces la Copa del mundo de carreras de montaña, pulverizó el reloj en pruebas como el Ultra Trail del Mont Blanc (166km y 9.400m de desnivel), la Tahoe Rim Trail (265km y 8.000m) y el kilómetro vertical… Era tan bueno que se quedó sin retos. En 2012 nació Summits of my life, el proyecto de escalar a toda velocidad las mayores cimas del planeta.

Pasar del mundo del running y de los maratones de montaña al mundo de los ochomiles no fue un salto sencillo. Jordi Tosas, alpinista y amigo de Kilian, fue el encargado de ayudarle a entender las montañas del Himalaya. Juntos hicieron las primeras expediciones a la gran cordillera, estuvieron en el McInley y en los Alpes. Tosas le enseñó a aplicar la alta velocidad a la escalada. “Kilian ha nacido en la montaña. Es un atleta fuera de serie y un montañero de nacimiento. Tiene un nivel altísimo de esquí y está aprendido la técnica del alpinismo”, explica el alpinista, que señala al suizo Ueli Steck, recientemente fallecido, como el “gran exponente de esta escalada al natural”. “Kilian no está a ese nivel. Está introduciéndose en las grandes montañas y ha de decidir si quiere seguir corriéndolas o escalándolas. Son dos universos diferentes”.

Kilian es un rayo en la montaña, capaz de subir 1.000 metros de desnivel en los Pirineos en 40 minutos. Pero en altura, a 7.000 y 8.000 metros sobre el nivel del mar, la velocidad es otra cosa. Y en ese mundo sin oxígeno, Kilian también vuela. Desde el campo base avanzado del Everest hasta los 8.400m firmó 330 metros de desnivel positivo (metros verticales subidos) por hora. Steck, La máquina suiza, llegaba a los 350. Inalcanzables los sherpas, los dueños del Himalaya, con hasta 450 metros por hora. “Kilian es especial, no hay nadie que se le parezca… menos los sherpas, que son los más rápidos…”, comenta Tosas.

Hace unos años, Kilian era un animal desatado. Lo corría todo, lo subía todo. Hoy ha centrado sus objetivos. Cerca de los 30 años, busca el equilibrio entre el esfuerzo y la recuperación. El mejor en correr montañas ahora las escala. Sobre su gesta en el Everest, comentó que “abre nuevas posibilidades en el alpinismo”. Siempre hay una nueva cima.

Fuente: El País.