Luis Miguel... 26 años después

Luis Miguel... 26 años después

Luis Miguel… 26 años después

Por María Teresa Mézquita Méndez A propósito de un concierto: genio y figura (En Yucatán hay tanta luz que “El Sol” no hace falta) La noche del viernes siete de julio de 1989, el entonces “juvenil cantante” Luis Miguel protagonizó un inédito fracaso de venta de boletaje para un concierto que se celebró en el Club Campestre de Mérida, al grado de que fue necesario regalar boletos para no frustrar el acontecimiento. No pocos adultos de hoy recordaron en redes sociales haber recibido con sorpresa aquellas entradas gratuitas a fin de llenar el cupo… “Esa vez me ‘sacaron’ de la disco Excess para llevarme al Campestre” fue uno de los “post” de estos días. A propósito de los hechos recientes en el Coliseo Yucatán en el que el ya no juvenil cantante no se presentó en un concierto igualmente en un día siete, pero de febrero del 2015, 26 años después, hoy La Vieja Guardia rescata la crónica de esa noche, quizá la primera de varias en las que Luis Miguel protagonizaría episodios semejantes. Los reporteros fueron una servidora y Fernando Medina Ancona para la Sección de "Imagen” del Diario de Yucatán. Aquí un extracto de la crónica:

Diario de Yucatán, Domingo 9 de julio, 1989 El concierto de Luis Miguel en el Campestre: Un éxito artístico, pero un fracaso económico. Entró y subió. Saltó, cantó y bailó. Todos gritaron, aplaudieron y cantaron. Pedían más música y casi no comieron, pero algunos gastaron por hora y media de función el salario mínimo de 20 días y otros… ni un centavo. Aunque su precio está entre $60 y $90 millones por noche, mucha gente no pagó ni $150,000 por él. Su espectáculo fue un rotundo fracaso económico y más de la mitad de los asistentes recibieron gratis —a última hora— los boletos para verlo, pues el empresario no podía permitir que el auditorio estuviese “vergonzosamente vacío”. Es Luis Miguel Gallego Aristegui, el cantante juvenil “del momento”, más conocido como Luis Miguel, quien protagonizó el viernes pasado, posiblemente sin saberlo, una singular noche en el Club Campestre de nuestra comúnmente tranquila ciudad, la historia es la siguiente: La venta de boletos comenzó hace dos semanas, prometiendo cena-baile a quienes estuvieran dispuestos a pagar $150,000 por hora y media de espectáculo, tres y media de espera con música a cargo de un grupo local —que por cierto tuvo que instalarse improvisadamente a un lado de la pista de baile, que solo usó el cantante, “porque Luis Miguel no permite en el escenario a nadie que no sea de su equipo”— y un plato con siete bocadillos aportados por la empresa “Margarita Zoreda”. Incluso algunos aseguraron que desde la última semana de julio hubo personas alojadas en el hotel Holiday Inn con el único fin de vender entradas. Además, para el día de la presentación del artista el empresario tuvo que rentar 16 habitaciones en el mismo hotel, incluyendo la master suite para el joven Gallego Aristegui, que cuesta por noche $597,702. Las habitaciones dobles estándar se rentan a $199,238 diarios. “ME LOS REGALARON” Pero los boletos no se vendieron con la rapidez programada. A última hora, después de vender las entradas sólo para el primer nivel —las mesas de abajo más cercanas al escenario—, el segundo nivel se remató a $75,000 por persona, precio que aprovecharon quienes llegaron temprano. No obstante, el inicio del espectáculo se acercaba y a las 23:30 horas más de 40 mesas estaban desocupadas, aunque con letreros de “Reservado”. Más de la mitad del club estaba vacío y se vislumbraba una deslucida noche. Repentinamente un insólito desfile de automóviles —más “económicos” de los que entraron temprano— e incluso motocicletas de algunos paseantes noctámbulos del Paseo de Montejo, llegó al estacionamiento del club. Bajaron de los vehículos numerosas jóvenes de entre 14 y 20 años de edad que aunque incrédulas observaban los boletos que les regalaron para llenar el auditorio “a como dé lugar; de lo contrario, el artista no sale”. Unos muchachos nos lo dieron al salir de “Búfalos” y nos dijeron que se tenía que llenar el lugar porque no se vendieron los boletos… creo que eran de Cancún —dijo una joven quien preguntó a su interlocutor: “¿serán de verdad? Espero que no sean falsos y hagamos el ridículo”. “¿Quieres una entrada?” Preguntó otro a la reportera “me dijo un chavo que le sobraba espacio en su mesa y me las dio. Ahora a mí me sobran”. “SE ARMÓ UN LÍO” Los reporteros del Diario vieron también que a la entrada del club varios jóvenes uniformados con la camiseta de la discoteca “Éxtasis” de Cancún, entregaban boletos a los que aún no se bajaban de su automóvil y uno de ellos dijo que los vendía a $25,000 cifra que aproximadamente representa el 17% del precio original. Por su parte los taquilleros y porteros discutían con la gente que entraba y que pagó sus $150,000 probablemente desde hace más de una semana. —Es que se armó un lío —explicó uno de ellos—: como se vendieron boletos en San Francisco de Asís, Benetton y Excess, dos o tres personas escogieron la misma mesa al mismo tiempo y ahora se niegan a dejar su lugar las que vinieron primero y las que llegaron después, quieren sentarse ahí a la fuerza por eso están amontonados. En efecto, en el club la gente no estaba tranquila. Jovencitas corrían de un extremo a otro igual que las “brigadas voluntarias”, finalmente la cena-baile fue sólo una cena porque nadie bailó y el grupo local “Marca Registrada” amenizó durante un rato la prolongada espera durante la cual se bebía licor a $90,000 la botella de Ron con hielo, seis refrescos de cola e igual numero de aguas, y a $3,000 las gaseosas adicionales —y se servían los bocadillos que los asistentes consumieron mientras llegó el artista, pues tan pronto éste empezó a cantar, se olvidaron de comer, dejaron a un lado los platones y se prodigaron en vítores, gritos, aplausos y exclamaciones hacia su ídolo. Desde temprano, mientras la gente se enfilaba para entrar, en el club se vendían camisetas a $30,000 cada una con la firma impresa del artista en la parte delantera y su foto atrás; delgadas chamarras como la que usó Luis Miguel al final de su espectáculo, a $50,000, así como fotos del juvenil cantante, normalmente a $3,000 cada una, pero que estaban al 2 por $5,000. EL CONCIERTO Dan las 12:30 de la noche y el abigarrado recinto encierra (al fin) a un público ansioso y esperanzado. Hay aplausos pidiendo al artista, cámaras fotográficas preparadas e incluso personas que llevaron la letra escrita de las canciones para leerlas al mismo tiempo que el cantante las interprete. Rodean al público un equipo de sonido y luces de tamaño suficiente como para llenar dos camiones de carga de gran tonelaje, y 12 pantallas de televisión que proyectan al momento la imagen repartida en el mismo número de cuadros, más de 32 personas entre músicos, ingenieros de sonido, coros y equipo de seguridad. Las luces se apagan y la multitud grita hasta alcanzar volúmenes ensordecedores. De ultima hora, empleados del club desarman y sacan las pocas mesas que no se llenaron y entonces si, la parte de abajo luce un aspecto de “satisfactoriamente saturado”. Dos figuras blancas destacan entre la oscuridad cargando pequeños tambores metálicos. Una desaparece y otra salta y destroza el overol blanco que tiene puesto, al momento que la luz le baña, para comenzar a cantar. Luis Miguel, vestido de traje azul obscuro, corbata del mismo color con franjas diagonales y camisa blanca, ya está en el escenario. Su cabello es corto, después de 7 años de usarlo largo —tiene 19 años de edad— y usa zapatos y calcetines negros. Apenas tres horas antes llegó de Cancún y menos de 12 horas después ya habrá viajado a Tabasco para otra actuación. Pero en este momento “es para Mérida”. El show comienza canta “soy como quiero ser”, “sonny”, “niña”, “perdóname” y otras canciones que el joven público interpreta a voz de cuello mientras dispara los “flashes” de sus cámaras fotográficas, grita y sobre los muros divisorios de los niveles del club, baila o brinca tratando de ver mejor. Algunas jóvenes invaden la pista de baile y se sientan alrededor, haciendo caso omiso a las quejas de los que compraron mesas de primer nivel. Las “fans” sostienen otra lucha, contra los miembros de las brigadas voluntarias que protegían celosamente el escenario. Dos logran burlar la “vigilancia” y corren velozmente hacia el artista, pero los del equipo de seguridad las bajan a empellones. Otra toma de la chamarra a Luis Miguel que vistió después y esta a punto de arrancársela. El espectáculo sigue por más de una hora. EMPRESARIO INEXPERTO —Este negocio es un riesgo —aseguró visiblemente contrariado el Sr. Alfredo Ramírez Gómez, empresario capitalino que contrató a Luis Miguel para sus presentaciones en Cancún y Mérida—, yo desconozco las costumbres de Mérida, pero aquí todos son muy unidos y donde va uno, van todos. —No supe de la fiesta tradicional que había en ese club “Cocoteros”—explicó—, porque no creo que lo que les llame la atención sea Tatiana (la cantante que invitó la directiva de ese Club para la coronación de su reina), sino la costumbre de su fiesta. A una pregunta, el empresario dijo que prefirió no elegir un escenario popular para más gente, en el que posiblemente se pudiera cobrar menos por las entradas, ya que el artista cobra la misma cantidad para los dos tipos de presentación. “tengo poca experiencia en esto, y no quise manejar grandes volúmenes de gente; en el estadio ese que tienen caben como 7,000 personas y son demasiadas. Aquí pensé solo en 1200. —¿Cuánto cobra Luis Miguel? —preguntó el reportero. Entre 20 y 100 millones (de pesos)- respondió el empresario después de que el reportero insistió varias veces. No dijo más e inmediatamente se retiró. Sin embargo, en averiguaciones posteriores, los representantes del Diario escucharon que Luis miguel cobra entre $60 y $90 millones por función. EUFORIA Y el costosísimo cantante sigue sus interpretaciones con “Separados”, ocasión que aprovecha para bajar a la pista, alrededor de la cual se amontonan las jóvenes y extienden las manos tratando aunque sea de tocarlo, mientras sin medirse le gritan piropos y lo llaman. Después ofrece “Te quiero” y “Ahora te puedes marchar”. En esta última, casi toda la canción la interpreta el público que responde instantáneamente cuando el cantante se calla y les aproxima el micrófono. Las siguientes canciones son “Miénteme”, “Isabel”, y “Pupila de gato”. A estas alturas Luis Miguel ya está sin saco. El sudor le adhiere la camisa a la piel y aunque sus manos no dejan en paz sus cabello, este ya no tiene forma definida. Detrás, la pantalla presenta implacablemente sus movimientos captados por un camarógrafo, aunque por momentos el público se ve a sí mismo en el gran cinescopio. Interpreta después un popurrí de los duetos que hizo con varias cantantes: “Siempre me quedo, siempre me voy”, “Fría como el viento”, “Soy un perdedor”, una más y entre el alboroto y la explosión de la multitud, “La incondicional” —que ocupa por el momento los primeros lugares en las radio emisoras—, mientras atrás se proyecta el video de ocho minutos que causo polémica e indignación “porque le permitieron usar el uniforme de la fuerza aérea mexicana. “Esta canción la dedico a las incondicionales”, dijo, en una de las pocas veces que habló con su público. YA ME VOY El artista hace mutis por un momento y los músicos lucen su virtuosismo. Después sale vestido con una de sus chamarras de $50,000 y una bufanda blanca. La canción es “Un hombre busca una mujer” y después “Cuando calienta el sol”, acercándose suficientemente a las jóvenes que abajo gritan, como para que una lo tome de la chamarra y esté a punto de arrancársela, hasta que es retirada por los miembros del equipo de seguridad. “Yo ya me voy, yo ya me voy”, advierte a los asistentes durante su penúltima canción.” No por favor, no te vayas Luis Miguel!”, responden las jóvenes que no dejan de tomarle fotos. Finalmente “Te voy a olvidar” es su ultima interpretación, y mientras el ídolo sale velozmente del estacionamiento del Club en una camioneta con cristales polarizados, la juventud amontonada, subida en sillas y mesas y agitando pañuelos al aire canta todavía las ultimas estrofas y grita “¡otra, otra, otra..!” pidiendo una pieza más.

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