MEMORIAS DE CARNAVAL

Por / hace 2 años

MEMORIAS DE CARNAVAL

Jorge H. Álvarez Rendón

¿Para que servía el carnaval? La pregunta se la formulamos al padre Ojeda sus tres monaguillos de misa diaria. -El carnaval – nos explicó - es un tiempo de fiestas que se organizó en la Edad Media para que los creyentes gozasen un poco antes de la estricta cuaresma que se aplicaba en aquellos tiempos. Antes de ayunar, orar intensamente y sufrir ascéticos ejercicios había que bailar, cantar, comer en abundancia, darle al cuerpo por su gusto…cinco dias, antes de recibir la cruz de ceniza.

El padre Ojeda no nos dijo que, como era costumbre cristiana, el carnaval había substituído la fiesta romana conocida como Saturnales, cinco días en que todas las clases sociales se confundían, se asistía a banquetes gigantescos y nadie se inmutaba ante los espectáculos mas obscenos.

Claro está, por más relajadas que estuvieran las costumbres europeas, nunca llegaron los carnavales a compararse con las saturnales.

Con el tiempo, la fiesta de carnaval fue adquiriendo renombre en algunas ciudades como Ámsterdam, Venecia, Munich y Cadiz. La celebración atraía a músicos y actores que colaboraban con el mayor lucimiento de las carnestolendas.

En México, desde la epoca prehispánica, se permitió la celebración de carnavales. Los más famosos fueron los de Veracruz y los de Chiapas. En Yucatán, el carnaval comenzó a celebrarse en grande hasta mediados del siglo XIX, poco después de la Guerra de Castas. Grandes sociedades como el Liceo meridano y Paz y Unión patrocinaban carros alegóricos para los paseos y organizaban bailes muy concurridos

El primer carnaval que recuerdo fue el de 1952. Yo tenía seis años y me disfrazaron de Pierrot, uno de los personajes de la comedia italiana. Me llevaron a la Plaza Grande donde me tomaron cinco fotografías, de las cuales solo conservo dos.

Ese fue el año del famoso “secuestro”. Mientras mis padres entraron a una tienda llamada Mezquita (calle 60 entre 59 y 61) para comprarme un chocolate que se llamaba “Para ti”, pasó un camión de redilas repleto de estudiantes.

Una mano se extendió, me alzó y me subió al vehículo. Era mi primo Manolo Martinez, de 18 años, quien me dio un rollo de serpentinas. Dicen que no dejé de llorar un instante. Quizá porque no entendía, durante las dos horas que duró el trayecto, qué objeto tenia ese alboroto, aquellos muchachos tirando bolsas de agua y una pintura azul. ¿Cuál era su diversión?

El camión se enfiló hacia Mejorada, regresó por la 59 hasta el Parque de la Paz y reinició el trayecto, reconociendo ahora el parque de San Juan y la Plaza Grande. Ya se imaginarán la desesperación de mis padres. Gracias a la eficiente policía que tenía en aquel entonces un jefe de apellido Sotelo, fui rescatado casi en el mismo punto donde me habían levantado. Manolo recibió un regaño mayúsculo.

¿Quién me iba a decir que – diez años más tarde – un camion de redilas iba a ser el causante de mi primera rebeldia ante la autoridad paterna? Se acercaba el carnaval de 1962 y un amigo del barrio de Mejorada, de apellido Bojórquez, me invitó a participar en los “paseos” junto con sus compañeros de la escuela secundaria Vadillo Cicero... Lea el artículo completo en nuestro portal.

El permiso me fue negado rotundamente porque esos grupos estudiantiles tenían en aquellos tiempos muy mala fama de revoltosos y alborotadores.

El domingo, dos horas antes de la salida del camion en el parque de San Juan, pedí permiso para ir a Santa Lucía para “ver el paseo” desde la casa de mi tía Aída Pasos. Mentira enorme que me dio trabajo formular. Salí con mi camisa y mi pantalón muy formales, pero en secreto llevaba el “uniforme” que me habían pedido: una camiseta sucia y un pantalón de mezclilla que soportase todos los rigores de los combates.

Fue mi amigo Bojórquez quien llevo el bastimento de guerra: seis huevos podridos, ocho globos repletos de agua apestosa y muchos paquetes del azul violeta para lavar. Ya en San Juan me presentó a sus amigotes, quienes, al principio, me miraron con desconfianza por ser “hijo de papi” y educado en escuelas católicas.

El paseo propiamente dicho fue un “viaje a la madurez” para quien esto escribe. En mi vida había disfrutado de mayor libertad de acción. Trepado en aquellas barras de madera, tirando y recibiendo inmundicias, gritando los peores insultos cuando pasaban los rivales de la Cisneros o de la Urzàiz, me sentí otro muchacho, uno más desenvuelto y dueño de sus decisiones.

Al llegar a casa – mugriento y con hambre de cavernícola – me esperaba el ceño firme de mi padre. Me habían ido a buscar con la tía Aída y se les habia informado que en ningún momento me habia presentado…¿Qué había hecho? ¿En qué pasos andaba?

Preferí decir la verdad y resultó mejor porque mis padres sospechaban que me había ido con mi primo Alberto Rendón y otros muchachones mas grandes a bañarme en el cenote Río Negro que tenia la más negra de las famas. A duras penas conseguí que el martes, el de batalla, se me dejara volver, como mono trepado en las alturas, a mi camión de redilas.