Salvador Rodríguez Losa, la huella que inspira: Teté Mézquita

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Discurso pronunciado por la maestra María Teresa Mézquita Méndez en la recepción del Premio 2018 “Salvador Rodríguez Losa”, que le otorgó la Confederación de Profesionistas de la Península, en ceremonia que se llevó al cabo el viernes 5 de octubre del presente en el auditorio de la Facultad de Ciencias Antropológicas de la Universidad Autónoma de Yucatán

Dra. Celia Rosado Avilés, Directora de la Facultad de Ciencias Antropológicas. Un honor formar parte del 48 aniversario de la Facultad.

Lic. Héctor LópezMartínez, Presidente de la Confederación de Profesionistas de la Península.

Mtra. Marina Basora Vda. de Rodríguez Losa, un afectuoso y emocionado saludo

Dr. Raúl Vela Sosa, fundador del premio.

Saludo especial al director del Campus de Arquitectura, Hábitat, Arte y diseño, Maestro en arquitectura Alfredo Alonso Aguilar y a su esposa, la profesora Silvia, ambos aquí presentes y al director la Facultad de Contaduría y Administración, C.P. Aureliano Martínez Castillo.

A los hijos, hermanos y familiares presentes del maestro Salvador Rodríguez Losa.

Compañeros profesores y colegas aquí presentes, alumnos y ex alumnos, amigos todos.

Daniel Rivas, muchas gracias por tu presentación, plena de afecto y emoción. Agradezco la oportunidad de haber sido tu maestra.

Quiero encontrar la mejor forma de comenzar estas palabras signadas por una inmensa gratitud de mi parte con el primer reconocimiento que deseo compartir con ustedes, y que es precisamente a la persona quien da su nombre a este premio.

El maestro Salvador Rodríguez Losa. Su trayectoria inmensa, sus publicaciones y aportaciones, las reediciones que emprendió; la primera de ellas la historia de Yucatán de Eligio Ancona, todo ello que ha sido recogido en publicaciones recientes, es la obra de Salvador que queda escrita en los documentos, los libros, los archivos. Importante tarea para quien quiere hallar el dato, a la anotación original, a la exactitud de la fuente.

Sin embargo, en estos días no pocas personas me han manifestado personalmente su entusiasmo por otro tipo de memoria: el legado emocional de Salvador, presencia sempiterna en antiguos alumnos suyos que tantos años después lo recuerdan y evocan con emoción y con afecto.

No sólo por sus obras sino por su obra docente, por la vida que compartió con sus estudiantes. Esa huella es la que inspira y a la que aspiramos los profesores para cuando ya no seamos… tangibles.

A Salvador tuve el honor de conocerlo hace más de 25 años, de entrevistarlo para las páginas del Diario de Yucatán. Además de salir siempre de su biblioteca con sus amables saludos para mis padres, me llevaba invariablemente información valiosa, periodística, publicable.

Como reportera decía “ya tengo la nota”. A mis ojos universitarios, veinteañeros, me parecía una combinación no frecuente de genialidad y simpatía, con mucho buen humor.Por supuesto que en ese entonces yo no vislumbraba ni imaginaba siquiera la trascendencia de sus palabras cuando, en referencia particular a la autonomía universitaria pero universal en su concepción escribió (y cito) “Es preciso que todas esas actividades estén presididas por la libertad: en la cátedra, en la investigación, en la discusión y difusión de las ideas. Porque la libertad es condición indispensable del saber, tanto cuando se orienta al conocimiento del legado histórico y al estudio del presente, como cuando se encamina a la búsqueda de nuevas verdades”.

Esa experiencia reflexiva de la libertad ha cobrado cada vez mayor sentido en una servidora con el paso del tiempo, sobre todo al ejercer la profesión, no sólo por supuesto por la información derivada de una licenciatura que como todos sabemos, brinda herramientas básicas y fundamentales, sino en la práctica diaria de la enseñanza de la cual muchos de nosotros hemos hecho eso: una profesión en el sentido que lo ha documentado en la declaración de su Primer Congreso la Confederación de Profesionistas de la Península, laque hoy nos convoca en este encuentro y de cuyos conceptos extraigo dos: “profesión como una actividad basada en acciones intelectuales junto con una responsabilidad personal” y además, citando a Flexner y Clark, “motivada por altruismo, sus miembros trabajan por el bien de la sociedad”.

Esa responsabilidad personal, ese altruismo y gran vocación es el sello de los admirables hombres y mujeres que me han antecedido como recipiendarios del premio Salvador Rodríguez Losa desde el año 2005, y para quienes es mi segundo reconocimiento de gratitud esta noche.

Tres mujeres entre ellos: la distinguida abogada Antonia Jiménez Trava, la muy querida profesora Candelaria Souza de Fernández y nuestra entrañable ingeniera Yolanda Lara Barrera. Mi admiración y respeto por todos ellos y en particular por ellas tres.

No me cabe duda que la fuerza femenina del Yucatán del siglo XXI tiene raíces determinantes en una historia de la enseñanza en la cual la figura de la profesora se engrandece con la memoria de mujeres como la indispensable Rita Cetina, fundadora del “Instituto Literario de Niñas” en el siglo XIX.

De este instituto, en el amanecer del siglo XX, cuando Rita Cetina se retiraba por motivos de salud. Egresó y se tituló como profesora “de enseñanza primaria inferior y superior” una de mis dos bisabuelas maternas, la Srita. Desideria Castillo Sánchez.

Tenía 17 años Desita, la hija del zapatero, cuando terminó su carrera de maestra, y con el título en las manos firmado por las autoridades de las diversas áreas de enseñanza de entonces, entre ellos José Inés Novelo o Rodolfo Menéndez de la Peña, comenzó su vida magisterial como profesora en la escuela de la hacienda de don Albino Manzanilla.

Poco después, en aquellos tiempos porfirianos el gobernador Enrique Muñoz Arístegui (quien había sido aprendiz de zapatero de mi tatarabuelo don Pedro Castillo Ruiz) la nombró Profesora encargada de la Secretaría y del primer año de la enseñanza en el Colegio Civil de Niñas de la villa de Halachó, con la asignación anual de 720 pesos que por cierto, se pagaba con monedas de oro.

Como muchas mujeres de su tiempo, Desideria dejó el trabajo cuando comenzó su vida familiar… pero todavía estaba allí la maestra cuando 70 años después, le contaba cuentos a su bisnieta.

En los años treinta, la educación profesional de las mujeres se había estandarizado. Ninguna actividad profesional, me atrevo a decir, fue tan tempranamente aceptada en la población femenina como la docencia. Probablemente por ello, a la joven hija ilegítima (junto con tres hermanos más) de don Maximiano, un prominente notario y de Bertha, una cupletista y cómica española integrante del trío Catalá, le pareció una buena opción ser profesora. Así se graduó de maestra normalista mi abuela paterna, la joven Elia Canto Catalá, nacida en 1910.

Elia ya estaba casada cuando comenzó una prolongada actividad docente que nunca dejó hasta su jubilación y siempre compartió con su vida familiar. De manera temprana, desde los años 40 fue profesora en la escuela Consuelo Zavala.

Sus antiguas alumnas me han dicho que mi abuela era buena profesora, cariñosa y estricta al mismo tiempo.Ya en plena madurez, rondando sus cincuentas, a mediados de la década de los años 60 (1965 es el año más antiguo que he podido fijar), fundó en la entonces colonia ejidal Emiliano Zapata Norte perteneciente a Chuburná de Hidalgo, una escuela rural federal cuya zona tenía la cabecera en Progreso.

Escuela que existe hoy día y que en su esforzado nombre de "Evolución Social" ya llevaba la fama de lo que implicaría sacarla adelante. La escuela fue al principio un tejabán con techo de palma, sin luz, agua ni servicios que amparó las primeras lecciones de las dos mujeres que comenzaron esa escuela y escribieron su parte en la historia de la educación, esforzada, con enorme vocación, compartida con tantas profesoras de los suburbios y maestras rurales de nuestro país…

Con su caligrafía uniforme y educada (mi agradecimiento al director de la escuela, Prof. Ramón Cachón, por el acceso a los archivos) mi abuela firmaba solicitudes, pedía ayudas para las fiestas y los desayunos escolares,cito “para los niños de nuestra escuela, que son todos, como usted sabe, hijos de humildes campesinos”, transcribía a máquina pulcramente sus informes anuales en los cuales se lee cómo lamentaba la deserción escolar de los niños que eran llevados a trabajar al campo, o las niñas a las labores domésticas o incluso, sus esfuerzos por establecer la Sociedad de padres de familia, cito “…la que lamentablemente demuestra muy poco interés en el desarrollo de sus actividades.

A pesar de esta indiferencia, yo asisto a todas las juntas que celebra el Comité Pro mejoramiento de la colonia el último domingo de cada mes, pues es cuando la asistencia de los padres de familia es mayor porque casi todos son colonos que están gestionando ante las autoridades competentes que se les otorguen los títulos de propiedad de los ejidos que poseen”.

Con la medalla Altamirano prendida en el vestido, Elia Canto se jubiló a fines de los ochenta, pero al leer una servidora en los archivos de aquella primaria pequeñita los informes de las celebraciones y festivales escolares firmados por ella, descubro en las canciones y poesías de los niños participantes, aquellas que mi abuela, la maestra, me enseñó a repetir con ella.

Así que para ellas, para mi abuela paterna y mi bisabuela materna, es también mi homenaje en esta tarde y para ellas este reconocimiento.

Y repaso esta memoria familiar porque debo reconocer que mi camino ha sido mucho más fácil que el de mi bisabuela y el de mi abuela. Había ya, a los 15 años, dado algunas lecciones de "recuperación" para chicos de secundaria y años después algunas eventuales suplencias.

Luego me dediqué plenamente al periodismo en mis años universitarios de tiempo parcial y luego de tiempo completo. Sin embargo siempre abrigué la inquietud por la experiencia del aula, por el gusto de compartir el tiempo, las ideas, pensamientos y sueños.

Hace 22 años me incorporé por primera vez a la educación de manera formal, y de nuevo agradezco a dos muy entrañables mujeres esta oportunidad, la de abrirme las puertas del camino docente. Fue una monja teresiana yucateca, la hermana Yvonne Joubert Flores, quien confió en esa joven periodista, recién titulada de ciencias de la comunicación y sin experiencia docente alguna pero con plena juventud y mucho ánimo para los primeros cursos de redacción en la preparatoria.

Tres años después, hace 19, la generosa invitación de la Profesora Patricia Ancona González, me acercó por vez primera como docente a nuestra Universidad Autónoma de Yucatán, a donde siempre asistía a cursos, conferencias y diplomados, pero nunca antes a la actividad magisterial.

Así, y con ellas como estandarte, hoy, 5 de octubre, día internacional del docente celebrado por la UNESCO quiero también recibir este reconocimiento en nombre de todos mis compañeros colegas profesores y de todos mis entrañables maestros de quienes tanto recibí. Los conocí y los conozco esforzados y dedicados, estudiosos.

Comprometidos con los estudiantes y ahora con las redes sociales a veces disponibles 24/7. Si me lo permiten, cito nuevamente una declaratoria, ésta del III Congreso de Profesionistas para expresar mi aprecio y admiración por mis compañeros, quienes, acorde a la reflexión del pedagogo Gilbert Highet, han entendido y disfrutado los conocimientos que comunican y han podido “ ‘alcanzar la felicidad legítima de explicarlo a otras personas’ y aprender mientras enseña”. Para todos ellos, varios aquí presentes, profesores a quienes he visto desencantarse cuando no hallan en ese grupo el resultado que esperan y luego recuperar la esperanza y renacer cada primer día de clases.

Y ya rumbo a la conclusión de este mensaje hago un paréntesis de gratitud también para mi familia. En orden de aparición en mi vida mis padres que siempre han acompañado y apoyado a la hija profesora; mis dos hermanos, ambos también comprometidos docentes e igualmente en la educación pública superior, a sus cónyuges y particularmente al mío, a mi esposo, muchas gracias por el aprendizaje vital que compartimos todos los días.

La inevitable transformación de nuestras sociedades ha trasladado aquella concepción tradicional y clásica de la enseñanza escolarizada a terrenos donde las circunstancias que nos esperan son inéditas y movedizas.

La tendencia parece ser, por un lado, como titula uno de sus libros Fernando Savater, la “Humanidad sin humanidades”. Es decir, no es novedad que vivimos tiempos en los cuales pierde relevancia el conocimiento por sí mismo a cambio del conocimiento práctico y efectivo.

Por el otro, como hace medio siglo ya decía Hanna Arendt, hemos organizado y cada vez depurado más una maquinaria educativa en la que se llama “facilitador” al maestro y en la que se reduce el tiempo entre el estudiante y el profesor, y se procura el aprendizaje aparentemente libre y autónomo, pero fruto de ello, el individuo se ve obligado a responder absolutamente solo a la voracidad implacable del consumo, a la frivolización de la vida cotidiana, a una exigencia de identidad nunca antes vista y finalmente a enfrentar una auténtica angustia.

Pese a todo ello, el tiempo compartido en el aula que todavía tenemos es la experiencia más valiosa que los profesores podemos aquilatar. El encuentro personal con ese otro ser humano, rinde fruto y debe ser muy semejante a cuando, millones de años atrás, un hombre o una mujer se sentaron junto a otro para enseñarle a hacer el fuego.

Quien lo hizo, quien aprendió, se llevó consigo unpreciado tesoro que lo mantendría con vida. Y quien lo compartió, sabía que así la humanidad seguiría sobre la faz de la tierra.

Gracias a esa experiencia cotidiana hoy quisiera dedicar este reconocimiento a todos mis alumnos de hoy y de ayer. Jóvenes universitarios en cuya esencia estudiantil late todavía la memoria otros estudiantes: como los que cayeron víctimas del violento episodio del 68 en la plaza de Tlatelolco (efeméride en estos días a flor de piel en su medio siglo), o los que participaron en los hechos del 74 en Yucatán o los 43 desaparecidos de Ayotzinapa.

Jóvenes en quienes se amalgaman la fuerza, la ilusión y el vigor, la imprudencia, la ingenuidad, la vulnerabilidad. Los estudiantes no son ciudadanos de segunda sino la potencia latente de nuestra esperanza mayor.

Confío en que ellos podrán lograr lo que nosotros no hemos podido: que las oportunidades de trabajo sean más justas, que se pueda emprender un negocioindependiente de manera limpia y sin recursos ilícitos, que no sea una excepción la honestidad, que la violencia laboral, verbal, digital y contra la mujero en el seno familiar deje de estar normalizada.

Que las estudiantes puedan simplemente salir de la universidad y tomar un autobús a las 10 de la noche rumbo a su casa, sin sentir que están en riesgo, sin ser acosadas en la calle. Ese panorama, prospectiva cuya esperanzada definición sería ahora interminable es el que deseo que estas nuevas generaciones sean capaces de construir.

Y lo creo posible porque los conozco: conozco a esa chica que jugaba fútbol en la selección de la facultad, de familia modesta que con una determinación admirable se ganó un lugar en el despacho contable más importante del país. Conozco a ese joven inteligente y sensible que con sus propias virtudes y gran disciplina encontró los caminos para estar ahora becado en Europa y desea procurar empresas limpias, sustentables y de comercio justo.

A esa menuda y tímida muchacha que era madre de familia desde que empezó la licenciatura y que pudo combinar trabajo, estudio y maternidad para concluir su carrera y poner un negocio propio con productos de la región.

A ese sonriente y entusiasta egresado en artes visuales, mayahablante, a quien un día vi llevar sus pinturas en su bicicleta y que hoy ha encontrado, también fruto de sus propios méritos,espacio, reconocimiento, trabajo, clientes. La lista de ejemplos sería interminable.

Lo creo posible, repito, porque los conozco, a todos los alumnos que hoy son profesores junto a nosotros y que les toca reconocer sus propias huellas en las nuevas generaciones; a los estudiantes con dificultades económicas tales que a veces tienen que optar entre tomar el camión o desayunar; y también conozco a muchos quienes en estos tiempos en los cuales es tan difícil la vida familiar sólo encuentran territorio estable en la cotidianeidad de sus clases.

Para todos ellos principalmente, es este reconocimiento que me otorga la Confederación de Profesionistas de la Península. Gracias a sus vidas admirables he podido construir la mía, así que recibo el premio Salvador Rodríguez Losa con inmensa gratitud y como un aliciente para seguir adelante, para continuar, hasta que la vida me lo permita, con la experiencia diaria de compartir la creación del fuego.

Muchas gracias

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