Si robas seres humanos nadie dice nada: un periodista italiano cruzó México como indocumentado

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Un día de 2012 Flaviano Bianchini acude a la oficina de correos de Tecún Umán, el principal paso fronterizo de Guatemala hacia el estado mexicano de Chiapas.

Y venciendo a la voz interior que le dice que no lo haga, entrega a la señora de la ventanilla el sobre que sostiene entre los dedos y en el que escribió una dirección de Ciudad de México.

"Me miro las manos vacías. Ya no está. Se ha ido. Mi escudo, mi protección. Un estúpido rectángulo de cartón de un color indefinido entre marrón y rojo burdeos", escribirá tres años después.

El librillo en cuestión es -era, más bien- su pasaporte italiano.

Y así el periodista se transforma en Aymar Blanco, su alter ego peruano, un indocumentado.

Ese es el día cero.

A esa jornada le siguen 21 más, en las que logra cruzar toda la geografía mexicana, desde Ciudad Hidalgo en Michoacán hasta el Sásabe, en Sonora.

Y de allí, sorteando el desierto y el doble muro que separa en ese punto a México de Estados Unidos, consigue llegar a Tucson, Arizona.

Lo que hace Bianchini es el mismo camino que recorren cada año miles de migrantes en busca del sueño americano. Y lo realiza en las mismas condiciones que ellos: sin documentos.

Su objetivo es vivir en su propia piel una travesía que saca "lo mejor y lo peor del ser humano" y denunciar "el gran negocio que suponen las fronteras para las organizaciones criminales y, en algunos casos, los estados legalmente constituidos".

Flaviano Bianchini

"La mirada cambia"

El reto, al que se enfrentó inventado un personaje -un oriundo de la Amazonía con ancestros vascos para explicar su altura y su piel pálida y que nadie sospechara-, lo relató primero en italiano, en el libro Migrantes. Clandestino verso il sogno americano, publicado en 2015 por la BFS Edizioni.

Y en 2016 salió al mercado en español, titulado El camino de la Bestia. Migrantes clandestinos a la búsqueda del sueño americano, de la mano de la editorial Pepitas de Calabaza.

"Decidí viajar sin pasaporte porque la mirada cambia y porque la forma de pensar es distinta sin ese escudo", le cuenta Bianchini a BBC Mundo.

"Además, llevarlo quizá me hubiera ayudado con la policía, pero con las bandas criminales podría haber sido peor. Me hubieran secuestrado, hubieran pedido un rescate, y de no obtenerlo, me habrían matado", dice tajante.Con unos y con otros se topó, así como con el frío y el calor extremo, un hambre y una sed insoportables, el cansancio.

El camino de la Bestia, publicado por la editorial española Pepitas de Calabaza

"Aunque lo peor fue el miedo, no el dolor físico", reconoce.

Se refiere por ejemplo al terror que sintió aún en Veracruz, cuando, tras soportar 24 horas en un falso fondo de la caja de un camión, sometido a la temperatura infernal del motor junto a otras 45 personas, y viajar unos kilómetros en La Bestia -como se conoce a los trenes de mercancías que cruzan México y sobre los que viajan los migrantes-, la policía los encerró en un calabozo.

Allí pasaron dos días, hacinados y de pie, tras ser despojados de todos los objetos de valor.

"No sabes cuándo te van a dejar ir y sabes que puedes salir en muy malas condiciones, que te pueden vender a una banda criminal o que pueden violar a todas las mujeres".

Las reglas de los migrantes

Pero salió ileso, igual que del encuentro con aquellos hombres armados hasta los dientes, sicarios, miembros de un cartel o más probablemente de una banda.

Por fortuna, no terminó siendo parte de ese 25% que -se calcula- emprende el camino de sur a norte y desaparece. "Una masacre", en sus palabras.

Migrantes sobre las vías del tren en México

Burló ese posible destino en parte por la suerte, pero también gracias a que siguió las reglas que "todos los migrantes conocen", aquellas que se heredan boca a boca en los países que llevan años vaciándose.

"Las normas van pasando de generación en generación, como la madre de todas ellas: no te fíes de nadie, ni de los propios migrantes", le explica a BBC Mundo.

O como el "no te duermas, no te duermas", que se repite como un mantra durante todo el trayecto.

Otros trucos los aprendió en el camino, como el de saltar con mucho impulso, agarrarse al tren y subir mucho las piernas, para que la Bestia no las devore, dejándote lisiado.

Con algunos compañeros que sí hizo migas a pesar de la regla de oro de no confiar, e inventaron hablar por turnos en la montaña, para no perderse con esa niebla que no les permitía verse ni los pies propios.

Aunque otras buenas prácticas las conocía por ser quien es realmente -un periodista italiano especializado en temas sociales y ambientales- no el personaje que se creó.

Así, se atrevió a "desinfectar" sus calcetines usados con el agua ácida de aquella mina abandonada del desierto de Sonora, tan cargada de químicos que no dejaba microorganismos con vida.

Lo hizo ante la atónita mirada de sus compañeros de viaje, que por nada del mundo se atreverían a tocar un agua tan anaranjada.

Menos valor que las bananas

Todos ellos eran migrantes, "una de las mercancías más lucrativas, eficientes y con menos riesgos del mundo", señala Bianchini en su libro.

"Si robas seres humanos nadie te dirá nada", añade, y los compara con un cargamento de bananas.

"Cuando se envían bananas hacia al norte en un tren de carga, alguien se queda con un papel que dice cuántos kilos son y cuándo se mandaron. Y si no llegan a destino, ese alguien los reclama", explica.

"Pero con los migrantes no pasa eso. Es la paradoja. Una banana o un mango vale más que tú".

Un comentario también válido para lo que ocurre en el otro extremo del mundo, en el Mediterráneo, si se compara a los que cruzan ese mar huyendo de Siria, de Afganistán o un país subsahariano, con el petróleo o el hierro que surca esas agua en dirección a Europa, dice.

Y reflexiona: "Los migrantes son una invención moderna. Hasta hace 50 años una persona venida de fuera era un recurso más".

Él fue uno de ellos y logró su empresa.

Desierto de Sonora, México.

La salvación parecía estar al otro lado de la Interestatal 10, la autopista que recorre el sur de EE.UU. desde California hasta Florida.

"Pero haber cruzado la frontera no significa nada", se lamenta.

"No representa otra cosa que volver a transformarse en carne de matadero para un patrón que habla otra lengua y cree formar parte del país más civilizado y democrático del mundo", explica.

"Y aunque para mí mi travesía como indocumentado terminó al otro lado de la Interestatal 10, para todos los demás es entonces cuando comienza el camino más peligroso".

Fuente: BBC Mundo.